12 enero 2008

Policotomía

Hace casi cuatro años, un hombre llamado Jose Luís Rodríguez Zapatero fue el clavo ardiendo al que se agarraró un buen puñado de ciudadanos con la intención última de echar del gobierno como fuese a los herederos de Aznar. Y funcionó.
Yo no voté su candidatura y sin embargo, he de decir que, todavía con las víctimas de los atentados del 11-M en mente, tuve una sensación de alivio. El, por aquel entonces, presidente electo, transmitía una sensación de optimismo que habíamos perdido después de 8 años de gobierno de derechas. Lo peor había pasado, nos habíamos quitado de encima al PP.

Sin embargo, la elección del candidato del PSOE ponía sobre la mesa más preguntas que respuestas. A los que le gritaban "no nos falles" a las puertas de la sede de su partido en la calle Ferraz de Madrid, nos uníamos los escépticos que dudábamos de su capacidad y de su voluntad de hacer honor a su palabra cuando decía que era un político de izquierdas.

Fue pasando el tiempo y poco a poco el gobierno que no contaba con gobernar, digan lo que digan, fue llevando a cabo lo que se supone que es su labor. Vieron la luz algunas reformas necesarias, como la ley que permite el matrimonio entre personas del mismo sexo, el llamado divorcio exprés y la ley de dependencia, muy a pesar de que su aplicación no está todavía a la altura de las expectativas.

Hubo algunos puntos negros, como la falta de valentía a la hora de reformar, por ejemplo, el sistema de financiación de la iglesia, mejorado solamente por el estado del Vaticano.
Hubo promesas incumplidas, como aquella de reformar la ley del aborto, que se han quedado en vaporware político y que hoy están especialmente de actualidad.

Hoy, Zapatero da la espalda a la mayoría que lo aupó al poder con el fin aparente de arañar unos cuantos votos del electorado de centro, aquel electorado ignorante que se deja convencer con promesas populistas de bajada de impuestos, que afectan en gran medida a los ricos, mientras que una opción más justa y más propia de un partido de izquierdas sería aumentar la progresividad del sistema fiscal.

En esta encrucijada se encuentran los votantes que no encuentran ninguna razón para votar al PSOE (algunos incluso pensando en una papeleta de castigo tras afianzar el canon mafioso de la SGAE) pero no desean bajo ningún concepto que el PP se haga con el poder.
Una opción para los votantes de izquierda podría ser Izquierda Unida, pero su apoyo al PSOE en asuntos como el canon nos hace dudar de lo de "izquierda" y algunas luchas internas de la coalición nos hacen dudar de lo de "unida". Es una formación política que ha perdido un poco su razón de ser en los últimos tiempos.

Ni mencionemos ya a esa "izquierda verdadera" que promueve el partido que se ha sacado de la chistera la repudiada del PSOE, Rosa Díez. Ah, que no la echaron, que se fue por su propio pie... Da lo mismo. Por si no teníamos suficiente nacionalismo rancio por la derecha, llega el estéreo al patriotismo de pacotilla y empieza a sonar por la izquierda. Son tan, tan de izquierdas que han fichado a todo un proletario como Álvaro de Marichalar para su causa. Ése debe ser el subwoofer.

Quien no me conozca, al ver cómo hablo del nacionalismo español tal vez me confunda con un nacionalista autonómico, pero tampoco es el caso. Sus ideales soberanistas y sus preocupaciones por la tierra antes que por las personas que viven sobre ella no me atraen en absoluto. Y con esto, ya casi hemos descartado a casi todo el espectro político. Al menos, si se hubiera presentado el Partido Pirata tendría una papeleta con la que mostrar mi voto de protesta, pero no.

¿Y yo a quién voto? ¿Voto? ¿Imprimo una mierda a todo color y la introduzco a modo de papeleta en un sobre para simbolizar lo que me parece la política en este país? ¿Dejo que gane el malo o el muy malo?

Como a mi, una gran parte del electorado siente auténtica repugnancia por el PP pero tampoco siente simpatía por el PSOE, al que tampoco quiere ver gobernar. Nos llaman desencantados, y no les falta razón. Vivimos en una sociedad en la que cumplimos unas leyes que carecen de la legitimidad de nuestra voz, nos obligan a delegar nuestra responsabilidad en tan solo 300 asientos dispuestos en una configuración semicircular. ¿Cómo pueden hablar 300 voces por más de 40 millones? Al igual que yo, millones de ciudadanos no tuvieron ninguna oportunidad de dar su visto bueno a una constitución que sin embargo han de cumplir, pagando impuestos que mantienen a la familia de un hombre sin obligaciones que cobra más de 4 millones de pesetas por levantarse cada día de la cama, y esperando con mayor o menor paciencia el día en que la palabra democracia deje de ser un eufemismo.